viernes, 28 de agosto de 2009

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Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos esasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de acara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariconcia. Y sin embargo eran apenas el principio, por que en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consisitiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba, y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta dle murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaban el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles, que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Julio Cortázar, Rayuela.

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