domingo, 21 de marzo de 2010

Sin título.

— La temblorina es horrible. ¿Nunca te ha dado temblorina? —preguntó el Cónsul agitándose de pies a cabeza: quitóle Hugh la brocha de rasurar y comenzó a frotarla de nuevo en una tablilla de jabón de leche de burra que había en el lavabo—. Sí, la has tenido. Me acuerdo. Pero no una temblorina tan monumental.
— No… ningún periodista ha tenido jamás la temblorina —Hugh dispuso una toalla entorno al cuello del Cónsul—. ¿Quieres decir las ruedas?
— ¿Estas son ruedas dentro de ruedas?
— Lo siento mucho, Ya estamos listos. Estate quieto.
— ¿Cómo demonios quieres que me esté quieto?
— Tal vez sería mejor si te sentaras.
Pero el Cónsul tampoco se sentó:
—¡ Por Dios, Hugh, lo siento! No puedo dejar de andar saltando. Es como si estuviera dentro de un tanque de guerra. ¡Dije tanque? ¡Jesús!, necesito un trago. ¿Qué es esto? Estaba en el alféizar de la ventana—. ¿A qué crees que sepa esto, ¿eh? Para el cuero cabelludo —antes de que Hugh pudiera detenerlo, el Cónsul dio un largo trago—. No está mal. No está nada mal —añadió triunfante y relamiéndose—. Sabe un poco a pernod. De cualquier manera, un buen hechizo contra las cucarachas galopantes. Y contra la polígona mirada proustiana de imaginarios escorpiones. Espera un momento, voy a …
Hugh abrió todas las llaves. En el cuarto contiguo oyó a Yvonne que caminaba, alistándose para ir a Tomalín. Pero como había dejado la radio encendida en el porche probablemente Yvonne no podría oír sino los ruidos habituales en un cuarto de baño.
—Dando dando —comentó el Cónsul, tembloroso aún, cuando Hugh lo ayudó a sentarse—. En una ocasión hice lo mismo por ti.

Malcolm Lowry, Bajo el volcán.

miércoles, 3 de marzo de 2010

De vez en cuando.

Pegada a la cama me ofende mi pereza, pies inquietos luchan contra mis ojos pesados, un previo para comenzar la rutina diaria; retrete, lavabo, cepillo de dientes, taza, café, comestibles, cepillo, dientes, agua.

Pegada al escritorio, escribo, contraseñas, claves, mensajes, todo de forma mecánica mientras el hastío me posee y en un movimiento brusco, desconecto la maquina que suplió a cualquier verdadero instrumento de trabajo.

Pegada al sillón retomo el libro que he sacado incontable número de ocasiones de la biblioteca, sin poder avanzar mas de cinco paginas cada vez. Repaso capítulos, párrafos, renglones, palabras, puntuaciones. Y lo cierro para admitir mi falta de “algo”.

Me miro al espejo, para ver si en las ultimas horas se produjo un cambio para lentamente descubrir en el reflejo la imagen de un gato. Un gato con ojos brillosos y pelo pardo, me mira retándome a seguir por el túnel que ilumina la luz seductora de sus ojos, con la promesa de llegar al otro lado para quedar atrapada eternamente en el. Esta sensación me dura varios minutos, plantada frente a frente. La criatura me provoca una curiosidad inmensa. Es un poco vergonzoso reconocer que a mi edad, aún me intriguen los objetos de mi imaginación, suelto un maullido por el asalto de la pregunta que me viene a continuación, ¿Es mi imaginación?. El gato sonríe.

Me sonríe, me provoca, los vellos de mi espalda se erizan, su nariz uniéndose con su cínica boca, los pómulos burlones que solo un gato burlón pude tener, la imagen comienza a tambalear y escucho el tintineo que solo los cristales producen, me parece que sonríe como una mujer, me recuerda tal vez una foto vieja, o una maestra de la infancia, busco entre las fotos revueltas de mi memoria … y continua atrapándome, con muecas y gruñidos…. Siento que esto lo he vivido antes, un sueño, una idea de mi imaginación, y la encuentro, entre tanto papel abandonado, dentro de mi memoria una imagen idéntica a este momento; idéntico marco, idéntica cara, idéntica yo.